LA ECONOMÍA ESPAÑOLA PERDERÁ MÁS DE UN TREINTA POR CIENTO DE SU PIB

Cuando el gobierno de Sanchez promulgó la hibernación de la economía española no llegó a evaluar las verdaderas repercusiones a las que estaba avocando al país. Fue una decisión Humanística cortoplacista ajustada a los parámetros ideológicos de una social democracia estrangulada por un nacional-comunismo que no permite visualizar más que soluciones inmediatas para resultados inmediatos.

Pero analizando una visión a largo plazo nos enfrentamos a una situación mucho más compleja donde la hibernación, más que una solución, puede haberse transformado en una agravación de la enfermedad económica.

Cuando hablo de la enfermedad económica, hablo de algo que ya existía antes de la presencia de la llamada pandemia. La economía española estaba en rápido ralentización y avocada a una inmediata crisis que los gobernantes no tenían forma de gestionar. Un problema grave que hoy achacarán en todas sus formas a la pandemia, pero que lo único que han hecho con la pandemia ha sido agravarla.

Hemos de partir de que no soy un experto en virología y su gestión, afín de dar una cierta tranquilidad a los Humanistas para poderme desacreditar en cualquier supuesto que aquí pudiera plantearse, pero empecemos por evaluar las repercusiones de esta pandemia, sin las tomas de decisiones de la Hibernación.

La pandemia, nada más identificarse generó un problema futuro muy grave que nos llevará a la mayor pérdida histórica de nuestro PIB, y hablo del turismo, el motor económico desde épocas innombrables para muchos. El turismo es para España la base más importante de la economía en todas sus dimensiones, y no sólo por la presencia del mismo, sino por la capacidad de dar a conocer muchos de nuestros productos en el exterior, productos que de otra manera hubieran quedado en la ignorancia de los habitantes del resto del mundo.

El turismo, tal y como existía hasta la fecha, desaparece ofreciéndonos en los próximos años valores que no superaran el 35% de los números históricos y que en el mejor de los casos, en una década llegarían con ciertos cambios al 50%.

Pero al turismo estacional hay que sumarle otros turismos que en el marco pre-pandemia comenzaban a ser preocupantes, como era el turismo sanitario o de los pensionistas británicos, que con el Brexit se transformaban en una de las mayores incógnitas para nuestro país.

La falta de visión Economista y la preocupación en exceso por el Humanismo, nos ha llevado a mantener concentrada a la población en lugar de diseminarlos por las segundas viviendas del país. Si bien, desde el punto de vista sanitario lo identificaríamos como lógico al no disponer de centros asistenciales con capacidad en esas segundas zonas, la realidad es que hemos identificado al mundo nuestra incapacidad sanitaria en esas zonas y nuestro bajo interés por abastecerlas de equipos, infraestructuras y servicios sanitarios capaces de atender a nuestros ciudadanos y a terceros, incluso, en dichos destinos. Ofrecíamos simplemente el turismo de sol y playa y no hay interés por el gobierno de reforzar esos destinos más allá de ese simple producto. Sólo con un mayor esfuerzo y más atomizado de los recursos sanitarios, en lugar de su concentración, podría haber expandido la pandemia a otros puntos del estado, pero al mismo tiempo, podría haber preparado a todo el estado y no sólo a las grandes ciudades para afrontar este y futuros eventos pandémicos, que se pronosticaron para todo el siglo presente.

Se ha seguido con esa visión centralista que tanto el estado como las comunidades tienen sobre sus capitales, en lugar de intentar fortalecer lo que abanderaron todos, durante de la campaña, de ayudar a la España Vaciada. Ahora hubiera sido el momento de ofrecer esa visión global de estado en lugar del centralismo capitalino de todos los gobiernos nacional y regionales.

A ello hay que añadir que la hibernación de la economía y la paralización del tránsito obligó a toda la economía sumergida, pero más que existente e importante para algunas regiones, a parar sus producciones, haciendo que dichas zonas entren en una crisis económica familiar de la que difícilmente salgan y que, a su vez, no tienen derecho a ningún tipo de prestación o facilidad económica del estado. Esa economía sumergida concentraba una capacidad importante de la producción textil industrial de nuestro país que hubiera podido ser destinada a la producción de material sanitario al tiempo que se podía haber regularizado su situación de precariedad.

En el campo de la edificación, la libertad de movilidad de las personas hubiera permitido identificar soluciones urbanísticas futuras y las apuestas que el mercado inmobiliario tendría que evaluar en el futuro, afín de ofrecer nuevas alternativas y ubicaciones a la sociedad en general.

La salida de la Hibernación, a diferencia de la visión optimista de los Humanistas, generará un parón infravalorado en estos momentos que llevará a más de 10 millones de empleos a una situación precaria o de paro forzado; muchas de las multinacionales aprovecharán la situación para transformar sus políticas de presencia en los países y reducirán sus plantas y plantillas a nivel mundial, en especial el sector automovilístico, otro de los pilares de la economía de España. El parón en la compra de unidades automovilísticas, la transformación de todo el sector, y la concentración del sector, otorgará a las multinacionales la capacidad de cerrar definitivamente las puertas de plantas que, en otras circunstancias, y por los compromisos con los gobiernos, no hubieran podido hacer. En esta ocasión, el cierre por imperativo legal de los gobiernos ha justificado sus futuras decisiones.

Si el paro en la crisis del 2008 llegó al 27%, no nos extrañemos que en esta ocasión se pueda aproximar a un 50%, cifras que suponen un serio problema social, más que político, y que los Humanistas no han tenido en cuenta. La socialización de la economía como respuesta a esa problemática, presentada por algunos Humanistas, servirá para enmascarar las cifras sociales, pero terminará por endeudar al país a niveles imposibles de sostener, y con ello al verdadero fracaso de la política llevada a cabo.

Y es que cuando se planteó la SOLUCIÓN FINAL de parar todo lo que no fuera esencial para el país, nadie se puso a pensar en qué era esencial y que no lo era, tan solo se definió esa esencialidad sin tener en cuenta que las pequeñas y medianas empresas, los autónomos y las microempresas son el 85% de la economía del país, que ciertos sectores como el turismo, el sector construcción, textil, calzado o el propio automóvil son más del 90% de la economía del país, y todo eso, de un día para otro, alguien lo definió como no esencial. Si el 90% de nuestra existencia se considera no esencial, entonces, ¿quién está dirigiendo nuestro futuro?

El gobierno ha actuado como el capitán de un barco que en medio de una tormenta decide parar los motores y encerrar la tripulación en sus camarotes, así como todas las compuertas del barco y esperar a que amaine la tempestad, solo atendiendo a las posibles entradas de agua dentro de los compartimentos; cualquier marinero sabe que un barco en esas circunstancias tiene una gran probabilidad de terminar en el fondo del mar. Hay que afrontar las crisis y no sólo defenderse de las mismas. El problema, posiblemente, está en que nadie de los que toman decisiones han sido entrenados en estrategia ante modelos de crisis, de ahí esa visión cortoplacista que nos ha llevado a terminar con el trabajo y esfuerzo de nuestra generación y las generaciones anteriores de los últimos 50 años de economía.