LA QUIEBRA DEL SISTEMA DEMOCRÁTICO

No hace tanto que el triunfalismo de los sistemas democráticos se hacía ver en los pobres medios de comunicación del momento. Ese año 1989 fue el denominado año del triunfo de las democracias sobre el comunismo, sobre los sistemas totalitarios, sobre el intervencionismo de los estados en las sociedades, sobre las prohibiciones de desplazamientos no controlados por los gobiernos, sobre los sistemas que controlaban hasta los horarios de los comercios, …

Desde ese año hasta la fecha 2020, hemos visto como esos sistemas democráticos triunfalistas declaraban o fomentaban guerras por doquier, y no simples guerras, sino genocidios completos. Nadie puede decir que Europa no fue partícipe y protagonista de lo que terminó siendo la guerra de los Balcanes, o que los países occidentales no estuvieron involucrados en el fomento de las Guerras del Golfo con sus políticas de explotación petrolera irregulares en las fronteras de estos, o que no se financió a los grupos que llevaron a la Primavera Árabe a un sinfín de conflictos que hoy en día aún siguen dejando muertos. Esa democracia triunfalista ha sido la vertebradora de todos esos hechos aun en su intento de tirar la piedra y esconder la mano.

El año 2020 nos ha demostrado que, ante la incompetencia de los gobiernos democráticos en la gestión de crisis socioeconómicas, y dejemos ya de llamarlas pandemias como justificación para todo, los mecanismos que se han implementado distan mucho de ser mecanismos democráticos.

No hace mucho leía que el gran fracaso de las constituciones españolas radicaba en que su promulgación iba acompañada de mecanismos que la inutilizaban, que la constreñían para adaptarla a los intereses del poder del momento. Eso mismo es lo que está ocurriendo en este momento con todas las democracias del mundo. Los países democráticos denuncian la falta de información en países con políticas más autoritarias gestionadas por líneas comunistas o fascistas, pero es curioso observar que las prohibiciones de apertura de comercios, restricción de la movilidad, los toques de queda y otras prohibiciones de las libertades fundamentales de sus ciudadanos, no son adoptadas por esos gobiernos, sino por los gobiernos democráticos.

El declive de los sistemas democráticos a sistemas autoritarios en los que se están transformando, no son responsabilidad de un “bicho” enviado por regímenes autoritarios como el chino, como algunos intentan justificar; no son culpa de “pandemias” redefinidas no hace más de 1 año; no se le puede echar la culpa a elementos exógenos al propio sistema.

Las democracias han sucumbido a su propio engordamiento, a su propia sobredimensión de las estructuras – cualquier liberal que lea esto se pondrá muy contento, aunque no era mi intención, pero en esto les doy la razón -, a su endeudamiento desmesurado, a su corrupción incontenible y lo más importante de todo, a la degradación de los protagonistas en la vida pública y política que han terminado degradando los puestos que ocupan – y esto no es de ahora, es algo que viene gestándose desde hace no menos de dos décadas.

Las democracias, hoy, están corrompiendo los últimos elementos que sustentaban las mismas, los derechos fundamentales de sus ciudadanos, con el único fin de mantener un sistema que el mismo está destruyendo, como en 1989 ocurrió con el estado soviético, y no con el comunismo como algunos indicaron. Lo que están haciendo los demócratas, como se vienen a definir ellos mismos, es un suicidio de los sistemas democráticos y su transformación en sistemas totalitarios fascistas. Y digo fascistas, no porque hable de derechas o izquierdas, que eso sería pura ignorancia, sino porque son sistemas totalitarios con control de la sociedad y la economía a través de estructuras gubernamentales, pero manteniendo el único apéndice que les separa de los antiguos sistemas comunistas, la propiedad privada, ese reconocimiento que hace que en lugar de denominarlos de una forma se les denomine de otra.

Las democracias occidentales han sucumbido al régimen triunfalista y fascista chino. China ha demostrado que su sistema de gestión socioeconómica es mucho más eficiente, desde el punto de vista de resultados a corto plazo, que sistemas democráticos puros donde los derechos fundamentales de los ciudadanos eclipsan los caprichos de una estructura política decadente y sin capacidad de cambiar.

El único problema de todo este escenario es que Occidente no es China, y que los protagonistas de dichos cambios, en su mayoría, no conocen en profundidad, o incluso, en realidad, la historia del mundo occidental. Los cambios de regímenes, o la decadencia de regímenes en Occidente han llevado al colapso de gobiernos, países y todo tipo de estructuras sociales. La decadente Roma fue aplastada por su propia estructura imperial, no por elementos exógenos al imperio; la monarquía francesa fue decapitada por sus conciudadanos para crear el primer sistema revolucionario republicano, el zarismo fue ejecutado por sus propios ciudadanos, o incluso el fascismo italiano fue linchado y colgado por sus propios patriotas. En resumen, las democracias occidentales no serán cambiadas por sus actuales protagonistas, sino quemadas en la hoguera por sus compatriotas y ciudadanos, que hoy se encuentran secuestrados en sus domicilios; que hoy se encuentran que el trabajo de décadas ha sido demolido a capricho poco científico de unos incompetentes de ideologías diversas y todas cuestionables; que hoy ven como sus hijos no tienen ni futuro educativo ni laboral; que sus familias se mueren de hambre como ocurrió en los anteriores regímenes que fueron asaltados; y aquellos que no pueden ver en sus últimos momentos de vida a sus congéneres que se van solos, asustados, amargados, angustiados y aislados. Esta será la sociedad que lamentablemente hará el cambio, porque el cambio no será pacífico cuando llevas al extremo que has llevado a tu sociedad.

Como un dicho muy español dice, obtienes lo que siembras; y esta democracia ha sembrado todo menos bondad, solidaridad y paz. Cuando los políticos sólo muestran insultos en sus cámaras, cuando ellos mismos no son capaces de practicar la democracia, no pueden exigir a sus ciudadanos que, a la hora de pedir los cambios, estos lo vayan a hacer de forma democrática y pacífica. Hoy ya se oyen ruido de sables y susurros de explosiones sociales en muchos países de Latinoamérica con democracias consolidadas; estamos a puertas de cambios democráticos críticos en el gran imperio americano; Europa no va a quedar ajeno a esa Ola – esto sí que será una Ola y no la de la pandemia – que borrará de golpe todo vestigio de los sistemas políticos de la Era Industrial, que borrará las revoluciones burguesas o proletarias para instaurar nuevos regímenes, que hoy todavía estamos por descubrir, pero que nos alejaran del sistema de derechos fundamentales que se ganaron en esa Francia de 1789 y por los que luchamos mundialmente en el siglo XX.

EL DETONANTE

Nadie puede saber cual puede ser el detonante. El empobrecimiento de la población no es suficiente como para que sociedades del primer mundo puedan estallar en conflicto; mientras que ése será el detonante en otras sociedades en proceso de desarrollo.

El detonante en el mundo occidental estará sujeto a cualquier causa nimia e insospechada. Como si de una olla a presión se hablara, la sociedad aguanta mientras las válvulas de escape existan, pero como una de esas válvulas, normalmente, no vitales, se tapone o cierre puede ser el detonante de la explosión social. En el mundo mediterráneo, sujetos a esa cultura tan radical “del péndulo”, una de las válvulas de escape, siempre han sido los bares y la interrelación social, cualquiera de estas válvulas, actualmente en peligro de prohibición, y pueden transformarse en ese detonante insospechado que hará que ningún político pueda conseguir parar lo que habrán provocado ellos mismos.